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El dinero ¿por necesidad o por pertenecer a una clase?

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Por: Salvador Martínez Silva

Cuando la autoestima o lisonjas ajenas arteramente

nos convencen de que somos algo superior a lo habitual en

nuestros semejantes, la tumba refuta esa adulación de

amable semblante y con la cruda realidad

nos informa de lo que somos.

Robert Blair, La tumba, 1743.

Mi abuelo solía decir: “Si tengo un problema, acudo al amigo; si el amigo me falla, acudo al político; si el político me falla, acudo al dinero… ese nunca me falla”.

Lamentablemente, el hombre actual ha sido formado para bien del capitalismo y la necesidad de consumo. Hemos sido domados por la fuerza del capital, por el poder del dinero.

Desde la década de 1820 se acostumbraba en muchos colegios universitarios de Inglaterra poner junto al nombre de los alumnos “comunes” las palabras sine nobilitate o s.nob, que quería decir sin títulos nobiliarios, sin nobleza, para diferenciarlos de sus compañeros aristócratas, de alta alcurnia.  

            El término se adoptó casi diametralmente opuesto al inicial y se generalizó de tal forma que un esnob era casi cualquiera que discriminaba abiertamente a los demás, y al que no le importaba el valor humano sino únicamente el estatus elevado.

Ahora bien, ¿qué se entiende por estatus? En sentido original, la palabra se relaciona con la propia posición jurídica (soltero, casado o viudo) o profesional (coronel, abogado, médico) dentro de un grupo específico. Empero, de acuerdo a la variación que se le ha dado en la historia, se refiere con más puntualidad al valor e importancia que uno tiene ante los ojos de los otros, al lugar que uno ocupa en la escala social, a los bienes materiales que posee.

            El ostentar un estatus elevado se relaciona directamente a los recursos económicos, comodidad, espacio y lujo con el que se cuenta. Muchas personas, como bien lo menciona Alain de Botton en Ansiedad por el estatus,  piensan que el estatus elevado es uno de los más preciados bienes terrenales.

            Si la sociedad moderna viera el mundo con los ojos de Arthur Schopenhauer, el modelo de la riqueza y superioridad como objetivo se vendría abajo. Este destacado misántropo filosófico decía: “La cabeza de los demás es un lugar demasiado desdichado para que en él se asiente la auténtica felicidad”.

            Efectivamente, los requisitos para tener un estatus elevado han cambiado con el paso de los años. Pasamos desde los 400 a.C. cuando en Esparta, península helénica, los miembros más honrados de la sociedad eran los hombres luchadores y agresivos, con gran apetito bisexual que tenían poco interés por la familia.

            En Europa Occidental durante el periodo posterior a la Primera Cruzada (entre 1200 y 1500) los caballeros con armadura eran los que gozaban de la admiración de los demás. Vivían en castillos y procedían de familias acaudaladas.

            Y si damos un salto a la actualidad, nos daremos cuenta de que en la categoría de persona de éxito figuran tanto hombres como mujeres que han logrado reunir dinero, poder y renombre a través de su actividad. Se confía en que la capacidad de acumular riqueza es debido a lo méritos propios, la llamada meritocracia.

 

¿Meritocracia o sumisión al dinero?

El dinero se usa no para satisfacer las necesidades sino porque otorga honor. De ahí que Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776), mencionara que en las sociedades modernas había muchas cosas innecesarias desde el punto de vista de la supervivencia; pero que, de igual forma, había muchas otras que en sentido práctico habían pasado a verse como necesidades a causa de las presiones externas de no poder ser considerado respetable sin ellas.

Desafortunadamente, la meritocracia es una triste realidad en la actualidad debido a las cada vez más distantes y marcadas clases sociales. Las posibilidades de desenvolvimiento y crecimiento entre uno y otro no son por mucho las mismas.

Ese carácter “emprendedor” y meritocrático que inspiran los publicistas y programas televisivos no reflejan más que los intereses de quienes llevan las riendas del sistema neoliberal, de los dueños del gran capital.

Por ello es que la sabiduría popular ha acuñado frases que hacen patente lo expresado como las de “poderoso caballero es Don Dinero”, o “con dinero baila el perro”, lapidaria contundencia.

 

Porcentaje de estadounidenses que declaran los siguientes artículos una necesidad:

 

 

1970

2000

Un segundo coche

20%

59%

Una segunda televisión

3

45

Más de un teléfono

2

78

Aire acondicionado en el coche

11

65

Aire acondicionado en casa

22

70

Lavavajillas

8

44

 

Fuente: Ansiedad por el estatus. Alain de Botton.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Glosario:

  • Alcurnia.- Ascendencia, linaje, en especial si pertenece a la nobleza.
  • Ostentar.- Mostrar, exhibir con afectación cualquier cosa que halaga la vanidad.
  • Misántropo.- Persona que se aparta del trato con la gente.
  • Lapidaria.-Relativo a las lápidas. Digno de ser recordado por su carácter terminante.